Mis Aventuras de Hombresito
El verano era mi temporada favorita. Generalmente acostumbraba broncearme y tomar un poco de fresco. Así era la vida en el campo.
Fue en una de esas tardes de verano, muy soleada por cierto, que tomé el camino hacia mi colina. La llamaba así porque me gustaba nombrar todo, en particular. El camino estaba atestado en arbustos y hierba, que si no tenía cuidado, podía salir gravemente herido.
Solamente que esa tarde no iba a pasar mi tiempo solo, mirando hacia el horizonte o intentando obtener mi tono de piel ideal.
“Pensé que no vendrías” me saludó José. Por alguna razón, yo le había comentado sobre mi lugar preferido, y entonces, había optado por esperarme bajo la sombra de aquel enorme árbol.
“Pues, estoy aquí, ¿no?” respondí, con una sonrisa de oreja a oreja.
José me sonrió pícaramente, buscando descaradamente contacto visual. Yo le guiñé un ojo.
Marchamos hacia unos matorrales que ya había elegido, porque ahí me gustaba hacer mis travesuras, como masturbarme o echar un ojo a cualquiera que estuviera lo suficientemente bueno y que utilizara esa ruta hacia la playa.
Era un lugar muy bien disimulado, difícilmente alguien podría espiarnos. Le di la vuelta al espacio con la mirada, curioseando. Era acogedor. Noté que José estaba animado.
El suelo no tenía rocas, sino solamente hojas de tonos oscuros, y otras putrefactas.
Yo me dejé caer de rodillas, y solté mi short, dejándolo caer junto con mi bóxer blanco.
José se arrodilló detrás de mí, y me separó las piernas inmediatamente. Mi agujerito era observado con morbo, y mis nalgas masajeadas torpemente.
Él me gustaba desde hacía mucho. Cada vez que tenía oportunidad miraba sus ojos, y la inocencia que se ocultaba tras ellos.
Mi corazón latía descontrolado. Y casi podía jurar que también escuchaba el de él. Ambos estábamos nerviosos, no tenía dudas al respecto.
Yo estaba excitado, con una erección que no podía ser normal. Incluso, me dolía un poco de lo duro que estaba.
Y entonces pensé, ¿cómo era que yo me encontraba en esa situación? Con el culo a merced de otro hombre.
***
José y yo íbamos al mismo colegio y éramos compañeros de curso. Yo me ponía celoso cada vez que me lo encontraba comiéndose a besos con una chica diferente, y normalmente sucedía todos los días. A mí me gustaban las chicas, pero más me llamaba la atención él.
¿Qué lo hacía tan especial para conquistar a todas esas chicas?
“No sé Luis, ellas me buscan y me arrinconan, ¿a ti no?”, me respondió un día, después de habérselo preguntado finalmente mientras caminábamos a casa.
“Bien sabes que no, por eso te lo pregunto. ¿Es que les haces el sexo tan bien o qué?”.
“Jaja”, la cara de José adquirió el color de un tomate “tú qué sabes de sexo”.
“No menos que tú” le dije ofendido, la verdad no sabía nada “¡Cuenta! Es que la tienes grande o qué”.
“Mmmmm” José viró los ojos y pasó el dedo medio por sus labios, lo que me resultó asqueroso “¿Por qué no pruebas si tanto te interesa?”.
Ese comentario me dejó clavado en medio de la calle. Incluso pude sentir como mi rostro quedaba sin color.
“Eres un maricón, ¿verdad? Y te gusto, por eso”.
Yo no sabía qué decir, la verdad sí me gustaba.
“¿A que sí te gusta eh? ¿Quieres que te la meta? Eso quieres” me gritó al oído, aferrándose a mi cuello.
“Suéltame” logré decir, sin poder contener las lágrimas.
Sí me gustaba, pero eso no me hacía maricón, ¿o sí?
Y comencé a correr. Fue una de esas actitudes de niño, cuando tu mente no tiene tiempo de razonar.
¡Diablos! Me gustaba. Quería tenerlo cerca de mí, sentir su calor, aunque aquello significara estar un paso más cerca de la muerte.

“¡Ey! Lo siento” soltó José finalmente una tarde que estuvo esperando frente a mi casa. Para colmo era mi vecino “Yo pensé que querías chupármela” dijo burlonamente “pero tranquilo, no ha pasado nada”.
Escondí mi cabeza entre las piernas piernas, sentado en la calle. No dejaba de mirar otra cosa que no fuera el asfalto, no tenía cara verle. Estuve así por largo rato, sin atreverme a levantar la vista y no lo hice, hasta sentir una descarga eléctrica cuando José me acarició el cabello. Entonces me atreví a encontrarme con la intensidad de esos ojos que hacían que todo lo demás perdiera sentido.
“No me mires así, no soy gay por Dios” se apartó dejando su faena atrás, siempre sonriendo.
“No he dicho que lo seas, ni yo” respondí “es solo que…” y no terminé la frase, agachando nuevamente la cabeza.
“¿Solo que qué?”
“Que soy virgen”.
“Ah no, yo no le entro. No creas que te voy a funcionar como mujercita”.
Aunque José dijo aquello no se alejó.
“Y…¿qué te parece si nos lo hacemos los dos?”.
“¿El qué?”.
“Pues, que tú me lo haces a mí y yo a ti”.
***
La enorme presión en la entrada de mi trasero, me hizo volver a la realidad. Mis instintos me obligaron apartarme inmediatamente.
“¿Qué te ocurre?”.
“¡Duele!” responde arrugando mi cara lo más que podía.
“Pensé que querías”.
“Sí, pero si pudieras hacerlo suave”.
“Vale, lo intento”.
Había visto algunas películas donde se disfrutaba más a gatas. Voluntariamente separé mis piernas y esperé, impaciente esta vez.
“Si usas saliva puede que duela menos”
Otra vez José con un leve empujoncito intenta entrar en mi cuerpo, pero no lo consigue.
“Esta mierda” le escuché decir entre dientes.
El glande de José logró hacerse camino en mi culo, provocándome dolor. Estaba resbaloso. Quise quitármelo de encima, pero José me presionó el pecho de tal forma que no tuve escapatoria. No podía moverme, mucho menos estar quieto. El agujero de mi ano se expandió más todavía cuando el miembro que me tenía ensartado luchaba por romperme las entrañas. José me cubrió la boca, como adivinando que si no lo hace, yo hubiera gritado. Y lo hice, pero fue un sonido amortiguado.
Mis nalgas albergaban toda la verga de José, quien gemía de placer.
Él metió y sacó su pene todo lo que quiso, apoyándose en mi cintura. Salía casi completamente, excepto el glande, y empujaba otra vez.
“Ahh” gemí yo, en parte por dolor, y en otra por placer. Yo estaba siendo sodomizado, dividido.
Yo era su nenita, así, en cuatro. Yo quería que él me desvirgara y me rompiera el culo. Pero dolía.
Me agarré el pene y lo masajeé. El dolor cedía cada vez que me lo jalaba con más ímpetu.
A José le gustaba cogerme. Eso me quedó claro.
“Me voy a venir” habló José entre suspiros.
El dolor cobró vida. No era posible que aún pudiera llegar más adentro de mí, me estaba golpeando. Hasta que convulsiones copiosas me indicaron que había terminado.
“Ahora me toca a mí” comenté una vez me lo hubo sacado.
“Estás loco. Como si no hubiera visto yo lo que te dolió” me contestó.
“Pero tú dijiste” comencé yo enfadado.
“Haz lo que quieras. Si quieres diles a todos que me diste el culo. Y que luego no quise que tú me cogieras a mí”.
José se marchó con paso decidido.